En silencio o con palabras se llena el aire de un fragor
suave, dulce. No hace falta mirar para sentir sus brazos y su cuerpo a mi lado.
Sin previo aviso acaricia mi rostro y muerdo mis labios con firmeza, anunciando
una duda que suavemente se disipa. Una niebla absurda se cuela por debajo de
las puertas y estremece mi colchón. Mientras me sumo al sopor de su cuerpo, sus
manos descubren los poros que gritan extasiados. Un frío gélido interrumpe
cortante y de a pocos se siente desvanecer su presencia. Con miedo a abrir mis
ojos y descubrirle ausente, contengo la respiración.
Las sábanas se arrugan y
el tiempo parece detenerse en un segundo eterno. Mi piel se contrae y mis ojos
se hunden. Mi cama comienza a absorber su esencia tratando de contener su
recuerdo, tratando de encontrar el punto exacto donde su cuerpo se desvaneció.
Deseosa de imaginarlo nuevamente y recrearlo, me volteo, mis pestañas se
separan y mis pupilas se dilatan. Nunca se fue, solo se durmió. Pasivo, sereno,
fuerte. Le beso su nariz y sus colochos se mueven ansiosos como espantando
aquella brisa fría. La niebla se esparce y nos envuelve en un abrazo continuo.
Levanta su cabeza y al ver ese brillo, amenazante, potente y dulce, me dejo
embriagar al calor de su presencia y en un suave murmullo me desvanezco con él.
Nunca nos fuimos, solo nos quedamos dormido, pasivos, serenos, unidos.
PD: Ese colochillo es mío..