En la tierra de nadie no existen los peros ni existen los porqués, no existen los cómos ni existen los dóndes. Como sonámbulos diurnos se mueven de un lado a otro sin encontrar razones. Son pequeños y grandes, anchos y delgados y tienen algo en común: la soledad los invade. No sienten compañía alguna aun cuando están rodeados de cosas y seres hermosos. La fealdad no existe en la tierra de nadie. No hay recuerdos latentes, no hay gritos mudos en el pasar de las horas. Hay una tristeza que se ve pero no al instante. Las lágrimas son invisibles ante cualquier extranjero y la presencia nocturna de insomnes se evidencia por las huellas que se tallan en la piedra y el cemento. En la tierra de nadie se quiso ser neutral: no hay memoria y por ende no hay problemas, solo una reconstrucción parcial de un ser vacio e insípido que con mucho esfuerzo trata de recordar donde quedaron los sueños y de donde proviene esa melancolía hiriente. La tierra de nadie esta y no esta, existe pero a la vez se desvanece. No se puede tocar pero se puede sentir. Hay una amnesia colectiva que duele y lucha por abrirse paso entre la maleza. Todo está en espera, es un respiro fresco que termina en ahogo porque por más que intenta no se reconoce a sí mismo en los reflejos de esta tierra de nadie. La tierra de nadie comenzó siendo un lugar, una conversación, un punto muerto, algo; y el silencio es inquietante a veces. Esa anestesia constante no permite que el dolor se acepte a sí mismo. Se puede ver en los ojos vidriosos de sus habitantes un oscuro y tenue vacio que no deja paso al brillo que evidencia vida en su interior. La tierra de nadie después de todo termina siendo de alguien….una vez que se entra en ella se cierran las salidas, se expulsan los recuerdos y su dueño silencioso se oculta en algún lugar escondido, dispuesto a ser encontrado cuando cada habitante decida gritar y enfrentarlo..la tierra de nadie: tierra tuya, mía…..